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Autor del libro "Tiempo recuperado", sobre las relaciones entre la dictadura y el fútbol en Santa Fe. Hago radio en La Red y Nacional Santa Fe. Escribo para Infojus Noticias.

12/8/14

Del fracaso político a la aventura en Colón (y viceversa)


De un fracaso politico a una inesperada aventura como dirigente deportivo. De soñar con ser presidente de la Asociación del Fútbol Argentino a no poder transitar las calles de la ciudad que lo vio nacer: así de drástico fue el cambio en la vida de Germán Lerche entre 2006 y 2013. Claro que, en esos siete años, su calidad de vida también cambió de manera considerable.


Por Nicolás Lovaisa

Lerche se destacó desde muy joven en política: arrancó su militancia en la escuela de comercio Domingo Silva, donde fundó junto a otros estudiantes el Frente de Estudiantes Radicales Secundarios, en la línea interna de la Junta Coordinadora Nacional, cuyo referente era Luis “Changui” Cáceres. Su crecimiento en el partido fue rápido: estuvo al frente de la Juventud Radical en la ciudad y en la provincia, y además presidió el comité departamental del partido.

Sin embargo, nunca pudo pegar el salto hacia una candidatura. Lo intentó en 2005, cuando quiso ser concejal. Participó de la interna del Frente Progresista Cívico y Social con la lista “Volver a empezar”. Obtuvo apenas 6174 votos y sus aspiraciones quedaron sepultadas.



Tras el tropiezo, Rubén Moncagatta, quien fue miembro de la conducción nacional de la Organización de Trabajadores Radicales, le propuso participar de la vida política de Colón. El momento era especial: con la salida de Horacio Darrás de la presidencia se terminaba la “era Vignatti”, probablemente la más importante en la historia Sabalera. El “Gringo” no tenía candidato para los comicios de 2006 y si bien no apoyó explícitamente a Lerche, sus críticas a Gustavo Abraham, rival electoral, le abrieron las puertas de la presidencia Rojinegra.

Esa suerte de alianza que Lerche había construido con dirigentes de mayor trayectoria, como Luis Hilbert y Miguel García Adise, duró poco: los marginó de la toma de decisiones y ambos presentaron su renuncia. Desde ese momento Lerche se apoyó en sus compañeros de militancia de la UCR: Moncagatta, Marcelo Maglianesi (quien había ocupado el cuarto lugar de la lista de concejales que encabezó Lerche) y Fernando Maglianesi. A ellos se sumó Pedro Eusebio. También Jorge Kaial y Carlos Marín, que si bien tuvieron más visibilidad en los últimos tiempos, integraron la primera lista de “Pertenencia Sabalera”, en 2006.

En sus primeros años demostró toda su inexperiencia: amagó con renunciar en un par de ocasiones y pidió licencia cuando la situación lo desbordó. Tras aquel gol de Germán Rivarola ante Racing, para evitar la promoción, fue inteligente: transformó en un éxito lo que había sido un rotundo fracaso deportivo. Bajo su mando, por primera vez desde la vuelta a Primera División, el Sabalero había peleado el descenso. Sin embargo, aquella campaña de “lo mejor está por venir”, sus promesas de grandeza amplificadas por medios que repitieron su discurso de manera acrítica y la desconfianza de los socios en sus ocasionales rivales electorales lo hicieron otra vez presidente.

A partir de ese momento apareció, en todo su esplendor, el (mal) politico que habita en él: tejió una relación casi de “padre-hijo” con Grondona, remodeló la cancha con marcados sobreprecios y una de las empresas beneficiadas fue Constructora Deportiva SA, propiedad de Genaro Aversa, yerno del titular de AFA. “Si una empresa presenta buenos precios, no hay qué fijarse en quién es el dueño”, respondió Marcelo Maglianesi cuando le pregunté por la elección de esa firma para encarar las obras, en una nota publicada en 2009, en Cruz del Sur. La refacción de la cancha tuvo premio: Lerche logró la designación del Brigadier López como sede de la Copa América, venciendo en la pulseada a Newell’s y Central.

Al mismo tiempo se blindó mediáticamente: casi no se escuchaban voces críticas hacia su gestión. Y si las había, él mismo se encargaba de manifestarles a los propietarios de los medios su disconformidad. Este cronista puede dar fe de ello: en 2008, tras la publicación de una nota en Diario Uno, exigió explicaciones y pidió represalias a las autoridades del matutino. Ese mismo año, en ocasión de un partido en el barrio Centenario, un colega le preguntó a Moncagatta por qué había problemas con mi acreditación. El dirigente, de comprobados lazos con la barrabrava Rojinegra, sin advertir mi presencia, vociferó: “Al hijo de puta de Lovaisa nada, porque nos vive matando”.

Su figura creció pero, fiel a su estilo, Lerche siempre creyó estar un paso delante de dónde realmente estaba. Fue la cara visible en la ruptura del vínculo con Torneos y Competencias y la llegada del Fútbol para Todos. El círculo de viejos dirigentes de AFA, que llevan más de 30 años en torno a la figura de Grondona, comenzaron a mirarlo con desconfianza. Mientras Lerche hablaba de “la revolución de las inferiores”, del “Barcelona sin Messi”, del club que era “envidiado por Vélez y Lanús”, del tan ansiado campeonato que iba a llegar “por decantación”, la institución pagaba salarios que no podia costear con los ingresos de TV y cuota societaria y se endeudaba cada vez más con la AFA. Eso estaba a la vista de todos, se reflejaba en los balances, pero no se informó.

Al igual que el uno a uno del menemismo, la fiesta llegó a su fin. La bicicleta financiera se terminó y empezaron a aparecer los problemas. En lugar de reconocer errores, apuntó contra todos: el periodismo (que en realidad, en Santa Fe, pocas veces lo había cuestionado), los rivales dirigenciales, lo que ganan los jugadores y la cantidad de refuerzos que suman los clubes en la Argentina: sí, justo Lerche, que incorporó 87 futbolistas y 10 técnicos en siete años.

Grondona le soltó la mano y lo dejó sin su cargo de Secretario del Departamento de Selecciones Nacionales de la AFA. El golpe final fue la no presentación del plantel para disputar el partido con Atlético de Rafaela por falta de pago, en un ambiente ya caldeado por la quita de puntos ordenada por la FIFA por la deuda con el Atlante. Se presentó como un matón en el predio Sabalero y calificó a los jugadores de “mercenarios hijos de puta”. Uno de ellos lo sacó a trompadas.

Enumerar sus mentiras es mostrar los síntomas de un mitómano. Dijo que a Colón no le iban a descontar puntos por la deuda con el Atlante: le quitaron seis. Que Gigliotti se iba a quedar en Santa Fe porque había opción de compra: no existía opción y se fue a Boca. Que si el Puma se iba no iba a poder jugar en ningún lado: jugó sin problemas en el Xeneize y, de hecho, le convirtió un gol al equipo Rojinegro. Que se había hecho un esfuerzo enorme para recomprar la mitad del pase de Sebastián Prediger: en realidad, el que puso ese dinero fue el empresario Marcelo Simonián, que hoy reclama un resarcimiento por la libertad de acción del volante, ocasionada por la falta de pago de la gestión Lerche. Que el plantel estaba al día: dejó más de 12 millones de pesos en cheques rebotados y jugadores que reclaman salarios de 2011. Que la economía del club estaba ordenada: el pasivo superaría ya los 150 millones de pesos.

Su cambio personal fue notable: antes de llegar a Colón sus mayores logros profesionales eran el asesoramiento jurídico de las comunas de Alejandra, Recreo y San Jerónimo del Sauce. Llevaba una vida austera y declaraba “no tener auto ni casa propia” en 2002, cuando su sueldo era de 1039 pesos mensuales (equivalentes, en ese momento, a 494 dólares). Cuando asumió como presidente, siguió cobrando durante un año su salario en el Concejo Municipal. En una entrevista con Olé sostuvo que desde su llegada al club “había dejado de ganar plata”. Sin embargo, logró mudarse desde el barrio Fomento 9 de Julio a la casa que era propiedad de Esteban Fuertes, en el country El Paso. Su movilidad mejoró de manera ostensible: primero tuvo un Citroën C4 2.01 16V Exclusive, que luego le dio paso a un Volkswagen Vento 2.5 R5 Luxury modelo 2013 y a un Citroën C3 Aircross 1.61, también 2013, que maneja su familia.

Mientras Colón se hundía como institución y acrecentaba su deuda, él disfrutaba de los privilegios que le brindaba su cargo. En Buenos Aires alquilaba un departamento en Puerto Madero. A los partidos de visitante se trasladaba en una camioneta Hyundai H1 valuada en 50 mil dólares, conducida por un chofer. Su familia tenía tres celulares de alta gama con abono mensual. Todas estas comodidades se afrontaban con el dinero del club. Es decir, de los socios.

Las dudas que aún hay sobre su gestión son innumerables: ¿En cuánto se vendió a Facundo Bertoglio al Dinamo Kiev de Ucrania? ¿Por qué ningún dirigente viajó para cerrar la transferencia? ¿Por qué el jugador se fue acompañado sólo por su representante, Cristian Bragarnik? ¿Es casual que Colón haya incorporado tantos futbolistas representados por Bragarnik, y varios juveniles de la institución hayan “fichado” para su agencia? ¿Se vendieron porcentajes de los pases de Gabriel Graciani y Martín Luque? ¿Qué acuerdo existe entre Colón y la empresa que montó el hotel de campo? ¿Es casual que en el mismo momento en el que se cerraba ese acuerdo, Lerche haya comprado un departamento que, justamente, pertenecía a esa empresa?

Un colega de Buenos Aires, sorprendido por la bochornosa salida de Lerche, me preguntó algo que me dejó pensando: “¿Cómo alguien que sometió a tal vaciamiento a un club logró permanecer siete años como presidente?”. Alguna vez los socios, que en casi todos los clubes tienen una escasa participación política, tendrán que hacer una autocrítica y preguntarse qué los llevó a reelegir dos veces a Lerche. La misma autocrítica debería trasladarse al ámbito periodístico. ¿Por qué muchas veces se repiten comunicados de prensa e informaciones oficiales de manera acrítica? ¿Por qué no consultamos los balances de los clubes, fuente irreemplazable de información? ¿Por qué no cuestionamos, contrastamos, lo que el dirigente de turno nos dice? Quizás socios más involucrados y periodistas más enamorados del oficio hubieran frenado mucho antes la debacle a la que Lerche, Moncagatta, los Maglianesi, Eusebio y compañía sometieron a Colón.

Texto publicado en el libro "Mala Lerche", de Ricardo Porta y Eduardo Rodríguez.
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Nicolás Lovaisa

Autor del libro "Tiempo recuperado", sobre las relaciones entre la dictadura y el fútbol en Santa Fe. Hago radio en La Red y Nacional Santa Fe. Escribo para Infojus Noticias.

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