De un fracaso politico a una inesperada aventura como dirigente
deportivo. De soñar con ser presidente de la Asociación del Fútbol Argentino a
no poder transitar las calles de la ciudad que lo vio nacer: así de drástico
fue el cambio en la vida de Germán Lerche entre 2006 y 2013. Claro que, en esos
siete años, su calidad de vida también cambió de manera considerable.
Por Nicolás Lovaisa
Lerche se destacó desde muy joven en política: arrancó su militancia en
la escuela de comercio Domingo Silva, donde fundó junto a otros estudiantes el
Frente de Estudiantes Radicales Secundarios, en la línea interna de la Junta
Coordinadora Nacional, cuyo referente era Luis “Changui” Cáceres. Su crecimiento en el partido fue rápido: estuvo al frente de la
Juventud Radical en la ciudad y en la provincia, y además presidió el comité
departamental del
partido.
Sin embargo,
nunca pudo pegar el salto hacia una candidatura. Lo intentó en 2005, cuando
quiso ser concejal. Participó de la interna del Frente Progresista Cívico y Social con
la lista “Volver a empezar”. Obtuvo apenas 6174 votos y sus aspiraciones
quedaron sepultadas.
Tras el
tropiezo, Rubén Moncagatta, quien fue miembro de la conducción nacional de la
Organización de Trabajadores Radicales, le propuso participar de la vida
política de Colón. El momento era especial: con la salida de Horacio Darrás de
la presidencia se terminaba la “era Vignatti”, probablemente la más importante en
la historia Sabalera. El “Gringo” no tenía candidato para los comicios de 2006
y si bien no apoyó explícitamente a Lerche, sus críticas a Gustavo Abraham,
rival electoral, le abrieron las puertas de la presidencia Rojinegra.
Esa suerte de
alianza que Lerche había construido con dirigentes de mayor trayectoria, como Luis Hilbert y
Miguel García Adise, duró poco: los marginó de la toma de decisiones y ambos
presentaron su renuncia. Desde ese momento Lerche se apoyó en sus compañeros de
militancia de la UCR: Moncagatta, Marcelo Maglianesi (quien había ocupado el
cuarto lugar de la lista de concejales que encabezó Lerche) y Fernando
Maglianesi. A ellos se sumó Pedro Eusebio. También Jorge Kaial y Carlos Marín,
que si bien tuvieron más visibilidad en los últimos tiempos, integraron la
primera lista de “Pertenencia Sabalera”, en 2006.
En sus primeros
años demostró toda su inexperiencia: amagó con renunciar en un par de ocasiones
y pidió licencia cuando la situación lo desbordó. Tras aquel gol de Germán
Rivarola ante Racing, para evitar la promoción, fue inteligente: transformó en
un éxito lo que había sido un rotundo fracaso deportivo. Bajo su mando, por
primera vez desde la vuelta a Primera División, el Sabalero había peleado el
descenso. Sin embargo, aquella campaña de “lo mejor está por venir”, sus
promesas de grandeza amplificadas por medios que repitieron su discurso de
manera acrítica y la desconfianza de los socios en sus ocasionales rivales
electorales lo hicieron otra vez presidente.
A partir de ese
momento apareció, en todo su esplendor, el (mal) politico que habita en él: tejió una
relación casi de “padre-hijo” con Grondona, remodeló la cancha con marcados
sobreprecios y una de las empresas beneficiadas fue Constructora Deportiva SA,
propiedad de Genaro Aversa, yerno del titular de AFA. “Si una empresa presenta
buenos precios, no hay qué fijarse en quién es el dueño”, respondió Marcelo
Maglianesi cuando le pregunté por la elección de esa firma para encarar las
obras, en una nota publicada en 2009, en Cruz del Sur. La refacción de la
cancha tuvo premio: Lerche logró la designación del Brigadier López como sede
de la Copa América, venciendo en la pulseada a Newell’s y Central.
Al mismo tiempo se blindó mediáticamente: casi no se escuchaban
voces críticas hacia su gestión. Y si las había, él mismo se encargaba de manifestarles
a los propietarios de los medios su disconformidad. Este cronista puede dar fe
de ello: en 2008, tras la publicación de una nota en Diario Uno, exigió
explicaciones y pidió represalias a las autoridades del matutino. Ese mismo año, en ocasión de
un partido en el barrio Centenario, un colega le preguntó a Moncagatta por qué
había problemas con mi acreditación. El dirigente, de comprobados lazos con la
barrabrava Rojinegra, sin advertir mi presencia, vociferó: “Al hijo de puta de
Lovaisa nada, porque nos vive matando”.
Su figura creció pero, fiel a su estilo, Lerche siempre creyó estar
un paso delante de dónde realmente estaba. Fue la cara visible en la ruptura del vínculo con Torneos
y Competencias y la llegada del Fútbol para Todos. El círculo de viejos
dirigentes de AFA, que llevan más de 30 años en torno a la figura de Grondona, comenzaron
a mirarlo con desconfianza. Mientras Lerche hablaba de “la revolución de las
inferiores”, del “Barcelona sin Messi”, del club que era “envidiado por Vélez y
Lanús”, del tan ansiado campeonato que iba a llegar “por decantación”, la
institución pagaba salarios que no podia costear con los ingresos de TV y cuota
societaria y se endeudaba cada vez más con la AFA. Eso estaba a la vista de
todos, se reflejaba en los balances, pero no se informó.
Al igual que el uno a uno del
menemismo, la fiesta llegó a su fin. La bicicleta financiera se terminó y
empezaron a aparecer los problemas. En lugar de reconocer errores, apuntó
contra todos: el periodismo (que en realidad, en Santa Fe ,
pocas veces lo había cuestionado), los rivales dirigenciales, lo que ganan los
jugadores y la cantidad de refuerzos que suman los clubes en la Argentina : sí,
justo Lerche, que incorporó 87 futbolistas y 10 técnicos en siete años.
Grondona le soltó la mano y lo dejó sin su cargo de Secretario del
Departamento de Selecciones Nacionales de la AFA. El golpe final fue la no
presentación del
plantel para disputar el partido con Atlético de Rafaela por falta de pago, en
un ambiente ya caldeado por la quita de puntos ordenada por la FIFA por la
deuda con el Atlante. Se presentó como
un matón en el predio Sabalero y calificó a los jugadores de “mercenarios hijos
de puta”. Uno de ellos lo sacó a trompadas.
Enumerar sus mentiras es mostrar los síntomas de un mitómano. Dijo
que a Colón no le iban a descontar puntos por la deuda con el Atlante: le
quitaron seis. Que Gigliotti se iba a quedar en Santa Fe porque había opción de compra: no
existía opción y se fue a Boca. Que si el Puma se iba no iba a poder jugar en
ningún lado: jugó sin problemas en el Xeneize y, de hecho, le convirtió un gol
al equipo Rojinegro. Que se había hecho un esfuerzo enorme para recomprar la
mitad del pase de Sebastián Prediger: en
realidad, el que puso ese dinero fue el empresario Marcelo Simonián, que hoy
reclama un resarcimiento por la libertad de acción del volante, ocasionada por la falta de pago
de la gestión Lerche. Que el plantel estaba al día: dejó más de 12 millones de
pesos en cheques rebotados y jugadores que reclaman salarios de 2011. Que la
economía del
club estaba ordenada: el pasivo superaría ya los 150 millones de pesos.
Su cambio personal fue notable: antes de llegar a Colón sus mayores
logros profesionales eran el asesoramiento jurídico de las comunas de
Alejandra, Recreo y San Jerónimo del Sauce. Llevaba una vida austera y
declaraba “no tener auto ni casa propia” en 2002, cuando su sueldo era de 1039
pesos mensuales (equivalentes, en ese momento, a 494 dólares). Cuando asumió como presidente, siguió
cobrando durante un año su salario en el Concejo Municipal. En una entrevista
con Olé sostuvo que desde su llegada al club “había dejado de ganar plata”. Sin
embargo, logró mudarse desde el barrio Fomento 9 de Julio a la casa que era
propiedad de Esteban Fuertes, en el country El Paso . Su movilidad mejoró de manera
ostensible: primero tuvo un Citroën C4 2.01 16V Exclusive, que luego le dio
paso a un Volkswagen Vento 2.5 R5 Luxury modelo 2013 y a un Citroën C3 Aircross
1.61, también 2013, que maneja su familia.
Mientras Colón se hundía como
institución y acrecentaba su deuda, él disfrutaba de los privilegios que le
brindaba su cargo. En Buenos Aires
alquilaba un departamento en Puerto Madero. A los partidos de visitante se
trasladaba en una camioneta Hyundai H1 valuada en 50 mil dólares, conducida por
un chofer. Su familia tenía tres celulares de alta gama con abono mensual.
Todas estas comodidades se afrontaban con el dinero del club. Es decir, de los socios.
Las dudas que aún hay sobre su gestión son innumerables: ¿En cuánto
se vendió a Facundo Bertoglio al Dinamo Kiev de Ucrania? ¿Por qué ningún
dirigente viajó para cerrar la transferencia? ¿Por qué el jugador se fue
acompañado sólo por su representante, Cristian Bragarnik? ¿Es casual que Colón
haya incorporado tantos futbolistas representados por Bragarnik, y varios
juveniles de la institución hayan “fichado” para su agencia? ¿Se vendieron
porcentajes de los pases de Gabriel Graciani y Martín Luque? ¿Qué acuerdo
existe entre Colón y la empresa que montó el hotel de campo? ¿Es casual que en
el mismo momento en el que se cerraba ese acuerdo, Lerche haya comprado un
departamento que, justamente, pertenecía a esa empresa?
Texto publicado en el libro "Mala Lerche", de Ricardo Porta y Eduardo Rodríguez.


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